Un hombre para la historia

Campaña en verso, gobierno en prosa decía su excelencia Aaron Sorkin, y yo, como dogma de fe, lo asumo.

Barack Hussein Obama, el candidato, fue capaz de ilusionar a millones de personas con el famoso Yes We Can o el más acertado Change we can believe in, de volver a hacer creer a los americanos que seguían siendo una gran nación de hombres libres y trabajadores, de que muchos nos reconciliáramos tras muchos años de riña por culpa de la Administración Bush con el imperio decadente, y sobre todo que millones creyéramos en que un cambio en la forma de hacer política en esa gran ciénaga que es Washington era posible. Aún recuerdo emocionado a Hillary Clinton pidiendo que los delegados demócratas lo eligieran candidato presidencial por aclamación, su brillante (quizás el más brillante que yo haya escuchado jamás) discurso de aceptación de la nominación demócrata en Invesco Field y la noche electoral, un Chicago atestado de gente, a Jesse Jackson llorando, a una civilización que se volvía a poner de pie después de años de unilateralismo, belicismo y oquedad ideológica con líderes como George W. Bush, Jacques Chirac, Tony Blair, José María Aznar, José Luis Rodríguez Zapatero, Angela Merkel, Nicolás Sarkozy o Silvio Berlusconi (ese gran hombre).

Barack Hussein Obama, el Presidente de los Estados Unidos de América, hasta ahora no había hecho nada que se pudiera palpar con las manos. Sí, había reinstaurado la imagen internacional de su país, tendido puentes con enemigos acuciantes, suavizado su postura frente al embargo a Cuba (esa dictadura que la izquierda más irresponsable se empeña en obviar todos los días), y frenado la crisis económica con un paquete de medidas bastante exitoso. Muy bien, felicidades Mr. President, ¿qué nos ofrece usted ahora? Lo único realmente destacable fue nombrar a Sonia Sotomayor jueza del Tribunal Supremo, y ni siquiera esto es un mérito. Él no provocó la vacante y en cambio tenía una mayoría demócrata aplastante dispuesta a apoyar a su candidata.

Entre tanto, el Presidente Obama puso todo su esfuerzo en convencer a la mitad del país de que no era comunista, olvidando a la otra mitad, la que lo votó. Es un síndrome bastante lógico en un país como Estados Unidos. Los presidentes republicanos suelen seguir por la misma senda que los llevó a la Casa Blanca, pero los demócratas tarde o temprano (más temprano que tarde) acaban en el medio de la carretera, invadiendo dos carriles de direcciones contrarias. El resultado: un viaje a ninguna parte, o como en este caso que la indecisión y la tibieza del Presidente llevara a los demócratas a perder el escaño en el Senado de los Kennedy, con todo lo que ello implica: en el plano práctico, la pérdida de la supermayoría de 60 frente a 40; en el plano emocional, histórico, entregar a un republicano carente de cualquier base ideológica montado en la ola de las Tea Party (una ola que no sabemos donde se acabará estrellando y hasta donde salpicará al partido del elefante y los hombres blancos de clase media) ocupar el asiento de uno de los mayores totems que han pasado por el Capitolio, el senador Ted Kennedy, defensor a ultranza de las libertades civiles y la sanidad pública. Por esta derrota yo hubiera fustigado al Presidente Obama, posiblemente la Primera Dama fusta en mano lo hiciera, porque a partir de ese mismo momento, el más bajo de su presidencia, Obama, el candidato modélico tomó el control de la situación, se puso el mundo por montera, cayó en la cuenta de que todos esos ciudadanos que piensan que es bisnieto de Lenin no cambiarán de opinión, que sus críticas carecen de cualquier fundamento y residen en un oscuro rincón de las entrañas donde gobierna uno de los peores pecados capitales: la ira, y donde la luz de la razón ni se conoce. Y así hemos llegado hasta el día de hoy. En escasos meses, el Presidente pasó de ser un zombie titubeante anquilosado en la linea blanca intermitente de la carretera a escribir su nombre al lado del mejor (en mi opinión) Presidente que ha tenido la Unión en toda su historia: Franklyn Delano Roosevelt.

A partir de aquí la Administración Obama puede ser una catástrofe absoluta, puede acabar como acabó la de Richard Milhous Nixon (uno de los hombres más brillantes y pérfidos que han dirigido este mundo nuestro tan inseguro y dubitativo), sin embargo la reforma del sistema sanitario (que dista mucho de ser la mejor de las reformas) lo ha avocado a los libros de Historia. No está mal para poco más de un año de mandato. Sí, campaña en verso, gobierno en prosa. Pero es que las lineas de los libros de texto de Historia Americana no riman. No, no es medianoche en América.

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