Noches reversibles

Estoy aquí, anclado en nuestro ordenador del Aula de Informática infernal. No hay nadie. Llevo 1 hora y media y siento que no tengo a dónde ir, con quién hablar, qué ver, qué descubrir, qué comprar, qué comer, qué beber. Estos días son una precisa metáfora del fin.

Hubo un tiempo, cuando yo era alguien más inocente y estaba más estúpidamente torturado, en el que escribía en otro sitio, bajo el título “Del inicio del fin”. Era el primer verano lejos de aquí. Ahora ya no siento pulular a la palabra inicio en mi abecedario. Solo es el fin. Un fin redentor en cierta forma. Un fin, que sí, sé que implica un nuevo inicio, pero que no deja de ser un fin.

Ayer fue un día vacío. Hacía tiempo que no tenía un día así. Sólo deseaba irme a dormir, que todo se apagara y alguien viniera a sacarme del foso de hastío en el que me he arrojado y que durará hasta que el miércoles Rufus me mire a los ojos, y su silabeo me acaricie las mejillas.

Yo nunca he creído especialmente en el subconsciente. Hoy sí lo hago. La decisión de estar 4 días incomunicado del mundo, aislado en mí mismo, en esas 6 paredes desnudas, no la tomé yo, conscientemente. Fue mi subconciente, que me llevó al inicio de los tiempos, abrazando una estructura circular para explicarme lo que han sido estos 4 años de viaje.

Hace casi 4 años, en la primera semana de Octubre yo estuve más o menos bajo las mismas circunstancias. Encerrado en una habitación vacía. Sólo. Sin tele, ni cerveza (por aquella época ni siquiera me gustaba), ni internet (al que no idolatraba), a punto, como Homer en El Resplandiaor, de perder la cabeza, abandonado en una ciudad que no conocía y enganchado a un libro, Las Edades de Lulú, que era todo sexualidad, todo vicio ochentero. Aquello duró una semana, y no aprendí nada de mí, ni de lo que me rodeaba. Era joven, estúpido, inocente, inmaduro. Quizás hoy siga siendo todo esto, menos joven, porque ya no me siento joven. Ya no. Ahora pienso en los días que me quedan y los que he perdido. Antes no lo hacía. No tenía ese miedo. Tenía miedo a que nadie me aceptara, pero no a la muerte.

Pues bien, casi 4 años después vuelvo a estar aquí, en esta ciudad de vida y muerte, coloreada de una falso azul cielo que le roba su identidad y esnaquiza las tinieblas generadas por su lluvia y su viento habituales. Vuelvo a estar solo, aunque no me siento solo. Vuelvo a estar sin televisión, ni internet, pero no me siento aislado, no en su vertiente profunda. Conozco esta ciudad como la palma de mi mano, y eso me ha llevado al asqueo más cansino. Tengo mucho miedo, pero es de otra raza, una menos pueril pero también menos asfixiante. Problemas a la larga, tonterías a la corta, y la esperanza por el medio.

Lo único que me salva es estar enfrascado en el mundo de Jack Kerouac, en sus brutales viajes atravesando la noche americana. Por las noches, cuando Jack, Neil y Allen me visitan es el mejor momento de mi día. Viajamos en coche y destrozamos todo aquello que tocamos. Somos unos chicos destructivos. Somos libres. Como las estrellas de la gran noche americana. Nada nos ata lo suficiente. Nada nos perfora el alma, aunque realmente un hueco enorme nos esté devorando por dentro. Somos una generación perdida, a la que la anterior le ha robado su futuro.

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