El Tour que nadie merecía ganar

C’est fini dice Pedro Horrillo en las páginas de El País, c’est fini digo yo. Se acabó el peor Tour d. A. (después de Armstrong, aunque Armstrong haya vuelto en su odisea onanista), y lo hizo con un clásico final de hojalata al sprint en los Campos Elíseos. Este ha sido el Tour de la polémica, del face to face entre Alberto Contador y Andy Schleck, duelo de presente y de futuro que casi acaba en tragedia, visto lo visto en la contrarreloj. Si Andy no hubiera atacado en Tourmalet como lo hizo, posiblemente Denis Menchov les hubiera aguado la fiesta. Pero es que tampoco el ruso-navarro se merecía ganar la joya de la corona del ciclismo. No, ninguno merecía ganar este Tour.

A Contador no debería llegarle con ser el mejor, deberíamos exigirle que lo demostrara, y no lo hizo. Plano en la montaña cerró su tercer Tour con una contrarreloj catastrófica. Enfrascado en batallas psicológicas, se olvidó de correr como alma que lleva el diablo. No fue capaz de lanzar ningún ataque mortal durante la carrera. En Tourmalet se limitó a seguir a Andy, no tenía fuerzas para más. El chico de Pinto se acerca a la leyenda y lo hace con su peor Tour, emparedado entre la lógica y la amistad, soltando mentiras por la boca para justificar algo que no tenía que justificar. Contador hizo lo que tenía que hacer el famoso día de la cadena de Andy. Los errores vinieron después. Cuando mintió al periodista de TVE. Cuando de madrugada subió un video a youtube disculpándose. A un ganador del Tour también se le debe exigir fortaleza mental y honestidad. Y Contador también ha fallado en eso.

Andy Schleck tampoco demostró ser el mejor. Sí, su ataque en Tourmalet fue bestial, pero no fue capaz de deshacerse de Contador. Lo puso en aprietos en la contrarreloj, pero esto se debió más a la mala contrarreloj del español que a su gran trabajo contra la soledad de la carretera. En el terreno moral tampoco el luxemburgués mostró grandeza. Atacó a Contador por no parar en seco en medio de un ataque, cuando su ineptitud al cambiar de marcha lo dejó noqueado durante medio minuto.Lloriqueó por las esquinas mientras obviaba que Denis Menchov y Robert Gessink, o lo que es lo mismo, los Rabobank, le perdonaron la vida allá por el inicio de la carrera, cuando se quedó cortado. Aquel día al joven Andy le podrían haber caído minutos como gotas de lluvia en una tormenta de verano. Andy Schleck debería cerrar la boca y seguir entrenando porque aún le falta un sinuoso trecho del camino que lleva al primer puesto del pódium de Paris.

Como ya he dicho tampoco se lo han merecido Menchov (que no le echó ganas a los picos franceses, después de dejar escapar la carrera tras bañarse en estúpida honradez), Samuel Sánchez (tibio en la montaña, flojo en la contrarreloj), Robert Gessink y Kreuziger (aún demasiado jóvenes, demasiado verdes para la madre de todas las competiciones), o los viejos titanes: Evans, demolido mientras portaba el sagrado amarillo, Sastre, reconvertido en guerrillero ante la falta de piernas, o Lance Armstrong, renacido en forma de héroe trágico. Una tragedia que nace de la inconsciencia, del desconocimiento, de una cierta estupidez mesiánica. He llegado a sentir pena por él después de tantos años de odio. Armstrong es ya una víbora que no pica. Un líder caído, que recita su propio drama en las cunetas de las rampas que antes parecían llanuras.

Quizás este Tour sólo se lo hayan merecido los guerrilleros, pero claro, ellos no buscan la general, sino la grandeza de crear el caos en el pelotón. Viejos guerrilleros de nuevo cuño como Sastre, guerrilleros de toda la vida como Sylvan Chavanel o Luis León Sánchez, guerrilleros que iban para estrellas y quedaron en pura dinamita como Damiano Cunego, guerrileros locomotoras que se llevan a todo y a todos por delante, como Fabian Cancellara (ese hombre, ese mito, ese tren de alta velocidad que cruza los paisajes franceses como una exhalación y que sólo flaquea en la montaña, ante la grandeza de los puertos), y por último los guerrilleros kamikazes, como Ametz Txurruka (caído este año antes de que pudiera dar batalla) o Alexander Vinokurov, mi chico, mi demonio de la estapa, que ha vuelto otra vez por la puerta grande, después de 2 años en el dique seco por pasarse de listo. Él sí que se merecía ganar el Tour, todo pundonor, todo garra, lo intentó, una y otra vez, una y otra vez, luchó contra el viento, contra el destino, contra el asfalto, rozó la gloria, y al final la atrapó. Ya no es el corredor que era. Aquel que luchaba desde la demencia por ganar una vuelta grande. No, ahora es un guerrillero, un destructor que construye desde su mente libertaria con unas piernas inconstantes su propia historia. Sigue siendo un genio, pero de una forma más heroica y menos reconocida.

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