De cuando César Cabo no quiso controlar nuestro espacio aéreo

Queridos nietos, hoy os voy a contar cómo 40 millones de españoles comenzaron a odiar a los controladores aéreos, o lo que es lo mismo, los antecesores de los controladores espaciales que tenemos hoy en día.

Aunque ya había habido problemas anteriormente todo comenzó un viernes 3 de diciembre del año 2010. Un viernes negro en el que este país fue secuestrado por dicha secta profesional, liderada por un señor, en palabras de vuestra tía MCPP (aka Dr. Muerte), que lo sufrió en sus propias carnes, “cachondo pero letal”, llamado César Cabo, y constituído en señor de las moscas durante 2 días. Ese viernes el Gobierno, presidido por un tal Rodríguez Zapatero, había aprobado en el Consejo de Ministros medidas que en la práctica reducían el sueldo de los controladores de 350.000 euros (así se llamaba nuestra moneda antes de que Alemania se apoderara económicamente de toda Europa (obligándonos a aceptar rescates económicos con intereses indecentes) y comenzara a llamarse bismark) a 200.000, al establecer un tope de horas de trabajo anuales y eliminar las horas extraordinarias que inflaban sus salarios. ¿Era la fecha más adecuada para lanzar el decretazo? Pues sinceramente no, porque era justo el día antes del mayor puente del año, el puente de la Constitución (no de esta Constitución que tenemos ahora, sino de la anterior a la anterior), pero es que tampoco se imaginaban que los controladores tendrían los rediles, la indecencia, las ansias terroristas y la total falta de sentido común como para irse todos a una huelga ilegal y paralizar por completo los aeropuertos españoles (y aislar a Portugal de Europa). Pero pasó, y el Gobierno decidió militarizar los aeropuertos. Pero a César Cabo no le daba miedo enfrentarse a un rifle, porque para algo había sido el latin lover de aquel verano. El nuevo macho español, a medio camino entre la metrosexualidad y la rebeldía sin causa de James Dean. Entonces la medida resultó inútil. Y todos descubrimos que el ejército daba menos miedo que el dinero, y que las pitolas no podían contra los billetes.

Así llegamos al sábado por la mañana. Con medio millón de afectados, los aeropuertos paralizados, con la industria del turismo acongojada, y con miles y miles de historias brutales, desde gente que iba a ver a su familia después de 2 años hasta personas que tenían que ir a Abu Dhabi a la sesión dónde se iba a decidir si podían o no podían adoptar a un niño. Y por encima de todas ellas, la que me tocaba más personalmente, la protagonizada por vuestra tía MCPP que se quedó anclada en Oporto sin poder viajar a Lille, a disfrutar de sus vacaciones, a reencontrarse con sus amigas francesas, y que tuvo que volverse a casa, como miles de personas más, jodida y triste.

Y como telón de fondo casi 50 millones de personas indignadas con un puñado de individuos, no sólo por crear el caos, sino por quejarse por cobrar sólo 200.000 euros al año mientras medio país no llegaba a fin de mes.

En ese ambiente de tensión y crispación, el Gobierno decidió declarar el Estado de Alarma, por primera vez en más de 30 años de democracia. Lo que en la práctica implicó que los controladores tuvieron que reincorporarse a la fuerza sino querían acabar en la cárcel por sediciosos (no olvidemos que previamente habían sido militarizados). Y así fue como todo comenzó a volver a la normalidad. Los aeropuertos se abrieron, los aviones comenzaron a despegar y a aterrizar, y todos nos aliviamos al dejar de ser rehenes de los encantos fatales de César Cabo, para volver a serlo del Gran Hermano.

Y es aquí cuando llega la anécdota personal de esta bella historia. Vuestro abuelo, defendiendo alegremente las libertades civiles, y por ello el derecho a beber (alcohol) libremente en la calle, ese sábado a la noche, acompañado de diversos amigos se disponía a emborracharse cuando seis señores de la Guardia Civil (un cuerpo de seguridad del Estado, bastante demodé ya por aquellos tiempos), encapuchados y con linternas fluorescentes (y armas a buen recaudo), se echaron encima nuestra, nos registraron de arriba a abajo, nos toquetearon, nos hicieron preguntas insidiosas, nos vaciaron los bolsillos, nos revisaron las carteras pormenorizadamente (quizás buscando una foto de César Cabo, o un carnet de su pseudo-sindicato, o droga, o los códigos nucleares americanos, o la dirección de Julian Assenge (otro día os contaré quién era este señor sueco), o vaya a saber usted lo qué) y al final nos dejaron en paz, aunque de echo podrían habernos retenido allí durante horas, porque así se lo permitía el Estado de Alarma en el que César Cabo nos había metido.

Así éramos en este país por aquellos tiempos queridos nietos. Unos pardillos indefensos.

Esta entrada fue publicada en Cuentos del abuelo Ogando y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a De cuando César Cabo no quiso controlar nuestro espacio aéreo

  1. C.J. dijo:

    Joder. Qué texto más grande!! Enorme querido. Enorme!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s