El Tour que se llevó el Diablo

Este ha sido un Tour que se perdió a las primeras de cambio entre barranco y barranco. Las caídas lo dejaron moribundo. Un Tour sin Vinokourov no es un Tour, es un paseo entre amiguetes. Los genios como Cancellara y Chavanel ni estuvieron ni nunca se les llegó a esperar. Desde el inicio las líneas maestras quedaron definidas: Contador andaba entre algodones, Evans parecía que esta vez sí, que esta vez tenía la victoria en las piernas y los Schleck se dejaban devorar pos sus miedos, por sus temores a ser capaces de ser grandes (el síndrome del pez grande en el charco pequeño o pez pequeño en el charco grande). El resultado fue que nos regalaron los Pirineos más aburridos en años. Ahora, los luxemburgueses, desangelados segundo y tercero, se estarán arrepintiendo de ello. La pena de los derrotados. Así estuvimos casi tres semanas, pasando las tardes de julio más muertas que un servidor recuerda, ni cuando Armstrong lo acaparaba todo había menos emoción. La etapa de Luz Ardiden, la más dura de este año fue paradigmática. No se movió ni el tato. Pero todo cambió el  jueves. Andy Schleck se mandó un ataque a 60 km de meta antológico. Al César lo que es del César. Compensó sus temores infundados en los Pirineos con ese ejercicio de valor, de genialidad, de grandeza rematado con certeza en el Galibier, ese tótem. Pero Evans resistió. Porque Evans tiene más vidas que un gato. Por el camino se quedó un Contador que no había preparado el Tour como era debido, al que llegó de rebote tras una victoria aplastante en el Giro. Al día siguiente, en una etapa corta pero explosiva, fue el tres veces campeón, el mejor del mundo, más allá de chuletones, amigos carniceros y otras historias, el que decidió que había que morir matando. El resultado no compensó. Pero ¡qué bien nos lo pasamos! Contador le echó huevos, y Andy también y lo de Voeckler sólo se puede definir como suicidio, un hermosa inmolación. Y mientras, Evans aguantaba. Frío, paciente. Todo por Paris. Hay que reconcer que hace falta tener una fuerza mental sobrehumana para resistir dos días así, ataque tras ataque. Al César lo que es del César. Evans no es el mejor en nada y no tiene altura de campeón, pero sí la sabiduría y la inteligencia de un corredor que sabe cuales son sus limitaciones y cuales sus oportunidades. Evans no tenía un Tour en el corazón, posiblemente tampoco en las piernas, lo tenía en la cabeza. Esta es la historia del Tour que ganó el que nadie quería que ganara, porque más allá de que te pueda parecer mejor o peor corredor el australiano, la forma de correr de Cadel Evans no le puede gustar a nadie, es como ver jugar a un equipo de Fabio Capello. Puro catenaccio, pura contención. ¿Los deportes son el resultado, pura matemática, o importa la forma, la literatura?

Al margen de este Tour descafeinado durante 4/5 del tiempo, me quedo, más allá de con las etapas del Galibier y Alpe d’Huez, memorables a todas luces, con tres corredores: un genio, un suicida y una esparanza. El genio es Philippe Gilbert, ¡qué crack! Sin duda el corredor del año, todo invención, anarquía, genialidad. Mis respetos. El suicida, Thomas Voeckler, el líder en su mayor parte y ganador moral de este Tour, todo pundonor, espectáculo, teatro, garra, o lo amas o lo odias, yo siempre he sido fan, pero este año ha estado sembrado, que Voeckler pueda medirse en la alta montaña con Contador, Evans, los Schleck, Basso, Cunego… debería hacer pensar a muchos sobre el nivel visto en este Tour (más allá de las últimas dos etapas de montaña, of course) pero también sobre las posibilidades inagotables de Voeckler, de profesión dinamitador, un príncipe de las escapadas, como Chavanel, como Vinokourov (¡cuánto te he echado de menos!). La esperanza es Pierre Rolland, mallot blanco (mejor joven), que en Alpe D’Huez les birló la etapa a Contador y Sánchez en sus propias narices, y que el día anterior fue capaz de estar con los mejores camino del infierno del Galibier, dónde otros perecieron él sobrevivió, no sé de dónde coño ha salido, pero aquí hay madera de campeón, el primero que puede tener Francia en mucho mucho tiempo, demasiado peso sobre sus espaldas, quizás sí, pero si algo podemos aprender de la victoria de Cadel Evans es que no basta con ser bueno, hay que ser inteligente y tener un fortaleza mental a prueba de bombas. Evans no tiene madera de campeón, pero desde hoy lo es, la historia ha dictado sentencia. Aún así, Pantani sigue siendo Pantani, el Chava sigue siendo el Chava, ¿quién será Evans dentro de 10 años?

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