Sátanas, Lúcifer, Taigon, Walter White y todos los demás

El momento en el que Walter White dejó de ser humano

Hoy, en los USA, vuelve a AMC Breaking Bad, para muchos la mejor serie de la televisión, hoy por hoy, para un servidor, integrante del triunvirato de la grandeza televisiva actual junto a Mad Men (¡qué poco previsible! ¿verdad?) y The Good Wife. Vuelve para un último acto doble. Y también para un último salto mortal doble. La quinta y última temporada de la serie de Vince Gilligan, uno de los pocos grandes showrunners que no la lía parda cada vez que abre la boca (véanse Kurt -Destroyer- Sutter, Aaron Sorkin o Matthew Weiner, cada cual más ególatra), se partirá en dos tandas de 8 capítulos, a emitir este y el próximo verano (hay que exprimir su potencial en los premios hasta la última gota, a ver si Bryan Cranston logra ganar 6 Emmys por el mismo papel). Las expectativas están por las nubes. Breaking Bad tiene la muy sobresaliente capacidad de superarse a sí misma temporada tras temporada. Es una serie concebida como gran relato (como Game of Thrones por razones obvias, al contrario que The Wire o The West Wing), y por ello es lógico que vaya increscendo, y aquí se cumple la lógica.

Cuánto más se echa a perder Walter White más rabiosamente llega a profundizar el bisturí de Gilligan. Y más entrañas vemos nosotros. Y miseria. Porque Walter White es un miserable, el malo más malo de la televisión porque no es un malo-cliché (tipo Shawn en The Walking Dead o Joffrey en Game of Thrones), ni tampoco un malo-bueno (Tony Soprano como paradoja, Don Draper, el Brody de Homeland), es un nuevo arquetipo televisivo, de ahí su importancia histórica. Breaking Bad tiene como protagonista y centro gravitatorio narrativo a un malo, sin paliativos. Walter White empezó siendo un malo-bueno excelente, riquísimo en matices y en cada capítulo se ha ido aproximando un poco más al abismo, hasta que ha dejado de verlo, porque el abismo es, ahora, él mismo. Y nosotros hemos sido testigos de esa progresión: un viaje a la demencia, a la maldad, al corazón mismo de la noción de poder. Vuelve Walter White, en modo Juan Palomo: yo la guiso, yo la gestiono, autoproclamado Señor de las moscas, Rey de New Mexico, borracho de poder, su criptonita (¿y de quién no?). ¡Cuán lejano queda aquel profesor de Química que al descubrir que padece cáncer se mete a cocinar metanfetamina para sacarse unas perrillas que dejarle a su familia cuando pase a mejor vida! Al inicio de la serie Walter White aspiraba a visitar a San Pedro, ahora sabe que le espera un asiento al lado del demonio. La clave está en ver a cuántos arrastra en su caída, y si Jesse (Aaron Paul, todo amor) es capaz de asomarse al precipicio sin caer en él. Las cosas pintan mal por Albuquerque, al otro lado de la pantalla, de puta madre.

All hail the King!

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Uncategorized y etiquetada , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s