Amamos odiar la política

Es curioso como en un tiempo de teórica desafección política en Occidente, la política interesa más que nunca. Ejemplo: una cadena a la deriva como La Sexta que ronda el 4% de audiencia tiene como únicos espacios a flote tres programas con evidente dimensión política: Salvados, El intermedio y Al rojo vivo. Muy destacable es sobre todo el caso de Al rojo vivo, que empezó con audiencias paupérrimas y ha tenido días en los últimos tiempos con audiencias de un 8% de share (lo de rating y demográficos se lo dejamos a los yankees, aquí aún seguimos anclados en el  S. XX). Exactamente lo mismo pasa en USA. Aunque de otra forma. Allí los programas informativos siempre han sido potentes, tanto en las cadenas de ámbito nacional como sobre todo en los canales monotemáticos: CNN, Fox News, CNBC.

Sin embargo en la ficción ha habido una importante resistencia a incluir productos con una clara y manifiesta dimensión política. Los thrillers políticos de los 70-80 han dejado paso a un cine político prácticamente moribundo e irrelevante. No es casualidad que los intentos de reflexionar sobre la guerra contra el terrorismo hayan sido un estrepitoso fracaso salvo The hurt locker, una película totalmente despolitizada, desideologizada, desnudada de discurso.

A remolque del cine en televisión ha pasado un poco lo mismo. Salvo The West Wing (y Saturday Night Live), la política nunca ha tenido peso en la televisión americana (no así en UK: Yes, minister, House of Cards…). Eso empezó a cambiar en los últimos años. Otras de las mejores series de la primera década de los 00 (y por tanto de la historia) como The Wire, Battlestar Galactica o Roma han gozado de una clara dimensión política, sin ser series eminentemente políticas. Abrieron las puertas. Y así hemos llegado a un punto en el que muchas ficciones americanas hablan de política, de poder, de tácticas y estrategias para su consecución o mantenimiento. A lo largo de la última temporada pudimos gozar por ejemplo de dos series 100% sobre política, un drama, Boss (Staz) y una comedia satírica, Veep (HBO).

Pero aún más importante es la cantidad de series que apostaron por tener una dimensión política sin entregarse al género en su totalidad: The Good Wife (CBS), Homeland (Showtime), Game of Thrones (HBO), Boardwalk Empire (HBO), The Hour (BBC), The Killing (AMC) y hasta The Walking Dead (AMC) con su camino hacia la dictadura de Rick que se vislumbra en la season finale. Especialmente interesantes son los tres primeros casos.

En The Good Wife se retrata (en cierta forma al igual que en Boss, pero de forma más sutil, menos excesiva) la podredumbre política de una ciudad como Chicago, en la que las complejas e históricas relaciones entre crimen y política han creado un caldo de cultivo bastante infesto. Así vemos un baile de disfraces en el que más importante que lo que se dice es lo que se esconde. En el que es más importante sugerir que actuar. Amagar que pegar. Simular que ser. Habrá que seguir de cerca de cara a la temporada que viene al personaje de Matthew Perry, que debería dejarse de sitcoms de mierda (Mr. Sunshine, la recientemente pre-estrenada Go on!) y convertirse en actor recurrente de la serie de los King. Porque Chendler Bing es capaz de dar miedo.

Volviendo a la imposibilidad, hasta el momento, de reflexionar con acierto sobre la guerra contra el terror post 11-S en la que se embarcó USA (y nosotros con ellos) hay que parar en Homeland. Incluso hay críticos que la han descrito como la primera gran obra audiovisual sobre la Nueva América que nació aquel día. Excesivo, seguramente (Rubicon ya hablaba de esto, y lo hacía tan bien o mejor que la serie de Showtime), pero algo de eso hay. No habíamos visto hasta ahora abordar el problema desde tantas perspectivas (en Rubicon no jugaban tantos actores) y con un tratamiento tan inteligente, ese magma tóxico compuesto por la inmundicia política de Washington, el espionaje internacional, el terrorismo yihadista y la ocupación militar americana, queda fotografiado con total exactitud aquí, una historia en la que nunca estamos seguros de qué es verdad y qué no, quién miente y quién no, pero dónde sabemos perfectamente que nadie tiene “la” razón. La realidad no es tan simple, Homeland tampoco. Todos somos culpables.

Y en último lugar dejo Game of Thrones, porque quizás sea la inclusión más sorprendente. Pero no debería. Game of Thrones no va de dragones y pseudo-zombies, de sexo, violencia y magia. Game of Thrones es la serie actual en la que el concepto de poder es más nítido, más asfixiante, más complejo, más rico en matices. Todos en Game of Thrones quieren el poder, necesitan el poder, están enfermos de poder, viven para mantenerlo o conseguirlo. ¿Qué es Tyrion sino un astuto político al más puro estilo romano? Ese discurso de la season finale en el que Tyrion reconoce que prefiere arriesgar su vida que decir no al juego político es demoledor, de lo mejor de la serie hasta el momento. Killing them softly, que diría la película de Andrew Dominik, que por cierto dicen que también tiene su lado político. Escribió Galán “el poder es poder matar, por eso la amenaza es siempre amenaza de muerte”.

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