De cuando vi resacoso perdido una final olímpica de salto desde plataforma de 10m en diferido

Sí, me he cargado al chino que ganó la plata

Queridos nietos, corría el verano de 2012. Sí, el verano antes del Primer Apocalipsis. A menos de una semana de cumplir los 24, vuestro abuelo, tras emborracharse 4 de los 7 días previos aterrizó estrepitosamente (Nivel ¡Viven! de aterrizaje forzoso) en el domingo de la Fiesta del Pulpo con una resaca dura, para qué engañarnos, pero manejable (no cómo la de 7 días atrás, la peor de mi vida, en serio). Me hallaba por lo tanto demolido por la sucesión de infortunios alcohólicos en los que me había embarcado al más puro estilo Leaving Las Vegas (sí, me comparo con Nicolas Cage, lo más bajo que un ser humano puede caer (que ¿quién es Nicolas Cage?, pues un colgado que decía ser actor cuando yo era joven)) en un viaje de autodestrucción por colapso del riñón. En ese patético estado, prácticamente infrahumano, después de comer y retirarme disimuladamente a mis aposentos ante la indiferente mirada de la parroquia allí reunida, cogí mi portátil (Ennis = puro amor) y me acurruqué en la cama, con el ventilador (Josiah = + que puro amor) encendido y una pseudo-manta agujereada colocada en mis piernas, cual anciana a la que le circula mal la sangre. Y entonces, en un momento que marcaría sin duda, un antes y un después en mi estilo de vida freak lo hice, me puse a ver en internet y en diferido, con 15 horas de retraso y el resultado ya sabido (lo había mirado en la cima de mi borrachera al llegar a casa con el amanecer) la final olímpica de salto desde plataforma de 10 metros masculina. Freak. Muy freak. La pureza de un hombre no salpicando agua es algo que me cautiva. Lo cual sumado a bañadores mínimos y piruetas… Imposible resistirme. Y había una razón más. Una razón oscura.

En aquellos Juegos Olímpicos vuestra tía CJ se enamoró perdidamente de un nadador americano, digno de edificarle un monumento a pesar de que no tuviera pelos en los sobacos, llamado Ryan Lochte. Yo también, sin duda, pero mis dos oscuros objetos del deseo fueron sin dudas, Dannell Leyva, gimnasta americano y… Tom Daley, saltador británico. Tom Daley tenía 18 años, era legal, repito, era legal mi deseo. Legal pero aún así culpabilizante. Sucio. En su defensa he de decir que Tom Daley tenía pelo en los sobacos. Una cantidad justa, generosa, corriente. Y entregado como estaba a Tom Daley tuve que ver la final. Lo tenía que hacer. Necesitaba hacerlo. Era una atracción fatal hacia lo freak y lo sexual. Y lo hice. Estuve 2 horas viendo a hombres ejecutando saltos desde 10 metros de altura muchas horas después de que ello pasara. Me sentía como Cuéntame (sí, la serie que se acabó el año pasado tras la muerte de sus protagonistas) cuando dejó de contar el pasado de España para empezar a adivinar el futuro, o cómo cuando Sorkin pasó de contar las noticias pasadas en The Newsroom para pronosticar las futuras. Había perdido la conexión espacio-temporal real. Celebraba cosas del pasado como si fueran del presente. ¡Toma ostia! ¡Vaya salto! ¡Animal! ¡Vamos Tom! ¡Zasca putos chinos iros a sembrar arroz! Y demás insultos racistas para con los chinos, porque durante aquellos Juegos fue cuando descubrí que era racista. Odiaba a los chinos. Eran lo peor, no tan lo peor como una camiseta blanca mía post-borrachera, pero casi.

Aquella final olímpica la ganó, con justicia, David Boudia, del cual también me enamoré perdidamente. Segundo quedó Qui Bo (el favorito) que empezó a liarla pardísima tras su derrota, llorando en una pared cual Muro de las Lamentaciones y poniendo cara de estreñimiento constante. Quiero creer que era porque al llegar a China lo iban a condenar a trabajar en una plantación de arroz por no haber ganado el Oro. Y tercero quedó Tom Daley tras amarrar en la última ronda con un salto de dificultad baja. Y yo tan contento cómo él, aunque con 15 horas de retraso. Celebrándolo por la habitación como si Julianne Moore hubiera ganado su primer Oscar (sí, Julianne Moore es la señora pelirroja que hace de dama al borde del suicidio en esas películas tan trágicas que le gustan al abuelo). Mentiría si dijera que no me lo pasé bien aquella tarde, todo lo bien que mi cuerpo en estado cuasi-vegetal permitía de hecho. Y eso era lo grave. Me gustaba ser freak, sexualmente perverso y tener el tiempo en mis manos. Me sentía poderoso. Embriagado de hormonas y segundos. Y de belleza, porque os juro que es un deporte estéticamente hermoso. En realidad todo era una cuestión de estética, lo demás era secundario obviamente. Lo efectos secundarios perduraron, me puse a seguir en twitter a Tom Daley, a David Boudia, a Nick McCrory (el que asalta a Boudia en su gif) y a Riley McCormick, cuyo principal mérito es ser canadiense, y por lo tanto haber cautivado mi corazón (y también mi otro corazón). Ah, y a Matthew Mitcham, anterior campeón olímpico, uno de los primeros abiertamente gay y personajazo sin igual, que en realidad me proporcionó largas y satisfactorias risas de ahí en adelante. Y así concluye esta historia, de frikismo, vicio, destrucción, viajes en el tiempo y saltos desde plataformas.

PD: Tom Daley además tenía a su favor lo que podemos llamar como el “Factor Cilledrama personal”. Teorizándolo brevemente toda atracción normal por otro ser humano se ve incrementada proporcionalmente a la cantidad de drama que haya tenido que soportar en su vida. A Tom le había muerto su padre meses antes tras una larga lucha contra el cáncer y había sido víctima de bullying, de hecho durante los Juegos detuvieron a un hombre por insultos vía twitter (medida excesiva, digna del GH de Orwell). Claro está que el nivel de drama de Tom Daley no llegaba al nivel de drama exigible en los parámetros de la tía Cille: la muerte (cuanto más dramática mejor).

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2 respuestas a De cuando vi resacoso perdido una final olímpica de salto desde plataforma de 10m en diferido

  1. C.J. dijo:

    jajajajajaja enorme!! He de decir que lo mío por Ryan es amor de verdad, no vicio como el tuyo :P Y que ya conocía a Tom Daley pero que para mí tiene cara de niño, demasiado niño. Juraría que es imberbe y… eso sí que no.

    Me encanta lo de Cuéntame, lo de los putos chinos y lo de Nicolas Cage. Y creo sinceramente, que nuestra vida es mucho mejor desde que giffeamos a tope (qué grande Snooki en el pasillo!!).

    El factor Cilledrama personal es genial. Perversamente genial.

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