Nuestros derechos ¡qué coño!

Yo no soy mujer (tampoco soy el judío barbudo de la foto, aunque algo de eso hay), no me puedo quedar embarazado (Nacho Canut hizo una gran disertación sobre el tema) y como soy homosexual tampoco voy a dejar embarazada a nadie, así que la ilegalización (eso es lo que es esta ley) del aborto como legítima opción vital me resbala, a otra cosa y pelillos a la mar. Así somos en este país, un poco distopía bretchiana, eso de (aunque no lo dijo Bretch, que conste, fue Martin Niemöller) primero vinieron a por los comunistas y como yo no era comunista no dije nada, luego vinieron a por… y así hasta que vinieron a por mí y no quedaba nadie para decir nada. Quizás haya que cambiar eso de nosotros mismos como país. Quizás no, seguro. Tan seguro como que hay que decirles a las mujeres que no están solas, que no se puede eliminar un derecho fundamental (me da igual lo que diga o no diga una Constitución que solo ha sido papel mojado en manos de las diversas mayorías partidistas con el beneplácito del Tribunal Constitucional) y mirar hacia otro lado, como si nada hubiera pasado. Un Estado no puede regir hasta tal punto la vida de sus ciudadanos sin dejarse su carácter democrático y social por el camino. Forzar a alguien a cambiar su vida es cruel. Obligar a una mujer a traer al mundo a un niño no deseado es cruel, para ella y para el niño. Forzar a parir un niño que padecerá una enfermedad grave e irreversible toda su vida (que puede ser muy corta) no es cruel, es directamente (y por paradójico que resulte) inhumano.

Llegados a una edad (y últimamente mi edad cada vez se me hace más pesada) todos tenemos alguna experiencia cercana al aborto. Yo las tengo. Mujeres a las que quiero mucho han abortado y he visto cómo esa experiencia las ha marcado para siempre, cómo han sufrido, cómo seguramente sufrirán toda su vida. Dibujar a las mujeres que abortan por decisión propia, en el legítimo ejercicio de sus derechos reproductivos, como frívolas asesinas es nauseabundo. Es vivir en un mundo que no existe, si alguien cree de verdad que para una mujer el aborto no es una experiencia dolorosa que no olvidará jamás es que no vive en este mundo, pulula por él, pero no lo habita.

La ley Gallardón del aborto es otra forma de controlarnos, otro paso más en esta espiral hacia el estado criminal, en el que todos somos sospechosos hasta que demostremos lo contrario. Las mujeres deberían poder hacer con su coño lo que quieran, deberían poder tener un hijo y que el Estado le garantice una educación y una sanidad públicas, también deberían poder elegir no tenerlo y que el Estado proteja y facilite la práctica de esa opción. Deberíamos tener un Estado que salvaguarde nuestra libertad personal para regir nuestras vidas sobre los cimientos de la igualdad de oportunidades. Y esta ley es además de un ataque a la libertad un ataque a la igualdad. Un coño rico puede pagarse un viaje a Londres. Uno pobre no. Un coño del barrio de Salamanca (perdón por esta vulgar generalización) puede decidir si quiere o no quiere traer una nueva vida a este mundo. Uno del extrarradio no. La hija de pongamos un ministro tiene el poder de decidir si quiere o no quiere formar una familia, que tipo de familia y en que momento de su vida. Y yo mataría por ese derecho. Sin embargo la de unos parados de larga duración si se queda embarazada no podrá costearse un viaje a Londres, dará a luz a un niño en un entorno económico-familiar al borde del colapso y acabará contándole sus penas a Toñi Moreno, ya se sabe, todo esto quedará entre todos. Y lo que tendrá no serán llamadas, serán lágrimas por ver a su hijo pasar hambre, o pasar hambre ella, o sus padres, o el padre de su hijo, o todos, por darle de comer al niño. Mientras, la hija del ministro estará en su casa, al calor del radiador, con o sin su hijo que pudo o no pudo parir, porque ella tuvo la opción de decidir si quería o no quería iniciar una familia. Esta ley mina la igualdad de las españolas. Y así aquello de “los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social” (art. 14 de CE) ya no es papel mojado, es papel arrojado a la basura. Quizás haya llegado el momento de que nos neguemos a seguir perdiendo derechos. Quizás no, seguro, porque nuestros derechos son nuestros ¡qué coño!

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